Tiananmen en el recuerdo

tiananmen-tanque--644x362En los 80, el mundo estaba ensimismado por la figura del secretario general del PCUS, Mijaíl Gorbachov. Su perestroika y su glasnost agradaban, especialmente en Occidente, por lo que suponían: un cambio controlado. Pero cambio, al fin y al cabo.

Cierto es que aún había en el Moscú oscurantista y en el Washington más duro ideólogos contrarios a la distensión. Frederyck Forsyth lo plasmó en El cuarto protocolo (curiosidades de la vida: Pierce Brosnan, el que posteriormente iba a ser el agente secreto más famoso de la historia, James Bond, interpretaba en la versión cinematográfica a un malo, malísimo, el comandante Valeri Petrofsky).

El caso es que películas al margen, Gorbachov era visto en Occidente como un mesías redentor, mientras en la URSS era visto como un patético e incompetente dirigente que no tenía un plan coherente para sacar de la crisis a la esclerotizada superpotencia.

Pero el verdadero reformador no estaba en Moscú. Desde Beijing, un menudo y enjuto dirigente chino había iniciado una senda de cambio que transformó China y con ella, el mundo. Deng Xiao Ping había protagonizado la Larga Marcha junto a Mao, había asistido mudo a los desastres del Gran Salto Adelante y resultó represaliado durante la Revolución Cultural.

Rehabilitado tras la defenestración de la banda de los Cuatro, Deng entendió que China necesitaba cambiar. Impulsó una transformación profunda, dejó de lado la ideología y abrazó, tras no pocos ensayos, una apertura económica que aún hoy no ha finalizado.
Pragmático como pocos, fue famoso por pronunciar aforismos como “gato blanco o negro, lo importante es que cace ratones” o la más sangrante siendo miembro de un partido comunista: “no todo el mundo se puede enriquecer a la vez”.

Lo cierto es que, mientras en Europa se bailaba al ritmo de Rick Astley, Black, Madonna y su “Like a prayer”, la Lambada o el “Aquí no hay playa” de Los Refrescos, en China crecía el malestar. La denominada primavera de Pekín iba a suponer un terremoto que pilló al mundo con el pie cambiado. China crecía, sí, pero no llamaba apenas la atención.

Había en la China de 1989 problemas, revueltas y manifestaciones. Pero todo acabó con la represión de los estudiantes, que fue aterradora. Reclamaban más transparencia y menos corrupción. El caso es que aquella protesta masiva puso nerviosos a los dirigentes del partido. La aplastaron sin contemplaciones ya que no estaban dispuestos a aceptar disidencia alguna.

China era el contrapunto a la URSS. Mientras Moscú avanzó sin brújula y sin un plan establecido: el caballo de la economía, tropezó y las riendas de la política escaparon a todo control. Resultado, la implosión del sistema. En Pekín, Deng tuvo claro que el caballo de la economía iba a seguir trotando pero no quería, y lo demostró con puño de hierro, que las riendas de la política se escaparan de las manos.

La respuesta occidental fue lapidaria: aislamiento de China. España, por el contrario, siguió los consejos del entonces embajador catalán que allí estaba (Eugeni Bregolat) y mantuvo abierta la delegación. Con el tiempo, todos los países volvieron: el pastel chino era demasiado goloso. El idealismo mutó en un económico realismo.

Eso sí, la vuelta a la normalidad aceleró el cambio de la China continental. El país reforzó la senda de crecimiento y, con el posterior ingreso en la OMC, su imbricación en la economía mundial fue total.

Han pasado 25 años de aquellos días y queda en el recuerdo la figura de un enigmático hombre que plantó cara como nadie antes lo había hecho al régimen. Un hombre anónimo, frente a una hilera de tanques en las cercanías de Tiananmen, que, impávido, firme y determinado, demostró un valor por el que le resto de la humanidad solo puede sentir respeto, admiración y dolor, pues a buen seguro dramático fue su final. Va por él.

Post publicado previamente en el blog de ESCiupf, Gingko Biloba

 

Acerca de pelayocorella

Preocupado por lo que pasa en el mundo desde tiempo ha, la profesión periodística y la de docente en ESCI-UPF, ahora como director de Formación Continua, supongo que han ahondado en ese vicio tan personal que es intentar saber qué pasa en el mundo y el porqué de la reciente deriva de este planeta que, de un tiempo a esta parte, además de acelerarse, vira hacia Oriente, dejando a la Vieja Europa compuesta y sin la atracción de antaño. Lo que descoloca y disgusta a no pocos.
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